viernes, junio 30, 2006

Entre lo urgente y lo importante

Aterrizar es asunto serio, y no me refiero al hecho físico en el cual las ruedas del avión tocan la pista del aeropuerto (o de otro lugar utilizado para ese fin) con éxito, sino que al proceso psicológico generado cuando un viajero vuelve a poner los pies sobre la tierra del sitio geográfico del que partió, y por lo tanto, del que estuvo ausente un cierto período tan variable como la individualidad humana.

En lo personal, aterrizar se ha ido convirtiendo con el paso de los años en un proceso cada vez más lento, difícil y complejo. Y eso no se debe solamente a que viajo mucho. Tal vez esa, más bien, es una consecuencia. Las causas son más profundas y, por ende, más difícil de transmitir con la palabra (sea esta escrita o hablada).

Hace unos cuatro o cinco años, al regresar a casa de uno de mis viajes, le comenté a una amiga que en pocas semanas tendría que estar empacando las maletas de nuevo para volar, otra vez, al norte del mundo, por lo que no guardaría mi ropa de verano (el hemisferio sur al que había vuelto sufría uno de sus fríos, ventosos y húmedos inviernos). No puedo vivir así, con ropa de verano e invierno coincidiendo en mi placard; menos aún con las maletas ahí, a la vista, como si estuviesen ansiosas de partir, agregué. Tendrás que acostumbrarte, tal vez esta sea tu vida, me dijo.

Ahora, que tantos inviernos del sur han transcurrido desde aquel, logré comprender que desde que pude, he buscado la manera de escapar de aquí, haciendo todo lo posible (y aún lo imposible) para encontrar una excusa que me llevase al aeropuerto, y desde allí, a cualquier sitio de este planeta. No importa donde sea, cualquier lugar me viene bien. Aún los más remotos rincones de la geografía me atraen, incluso los que suelen ser rechazados por la mayoría. Siempre logro descubrir algo del nuevo destino que me seduzca, me guste, me enamore. Tal vez la mejor demostración ha sido Asunción del Paraguay, capital a la que nadie otorga encanto alguno. Pues bien, sepan que me atrajo desde que llegué al Gran Hotel del Paraguay con sus loros y pajarracos varios caminando por los jardines, o aleteando entre las ramas de los árboles del inmenso parque. Hice de mi habitación mi lugar, y a las dos horas ya disfrutaba del paisaje que me regalaba el enorme ventanal de la casona colonial. Sé bien que cuando cuento esto, la gente me mira con cara de Cada vez estás más loca, Laurita. Imaginen entonces lo que deben pensar al relatarles el atardecer sobre el río en el que el sol se prendió fuego con el rojo más impresionante que, hasta ahora, ciudad alguna del mundo me regaló. De la misma manera, hace apenas tres semanas, Denver me enamoró; esa capital que nadie elegiría como destino de viaje.

No hay que darle mucha vuelta al asunto. Lo que me sucede no tiene otra explicación que una tremenda necesidad de escapar de aquí, de huir, de desaparecer de este sitio que me vio nacer, de este país esquina con vista al mar en el que he vivido mi vida entera.

Durante una eternidad me di por entera (sí, por entera) para cambiar este país, esta sociedad, este “status quo”, esta idiosincrasia de “suaves penillanuras”, este subdesarrollo más mental que económico que sufre mi gente. Después de tantas trompadas, de infinitas batallas perdidas, y de, finalmente, el mayor y certero golpe, no pude más que declarar mi rendición. El enemigo, con toda su fuerza, su odio y su poder, logró lo que quería. Y así venció. Debieron transcurrir unos dos años en los que anduve a los tumbos, sin saber qué hacer, apenas sobreviviendo, resistiendo, haciendo la “plancha” frente a cada ola que se avecinaba, para que “sintiese” por primera vez. Así no se puede vivir, me dije. Esto no es vida, me confesé.

De nada servía lamentarme por lo que había hecho. Por haber sido tan inocente, tan idealista, tan soñadora, tan idiota, de haber peleado contra el monstruoso poder, apenas defendiéndome con un alfiler. Con la verdad de mi lado, pero tan sola como se puede estar cuando los demás, reconociendo que yo tenía la razón, eligieron la tranquilidad, o se acomodaron bajo la sombra de los poderosos. “Porque como nada cambiará, mejor buscarse un sitio tibiecito y seguro al lado de los dueños de la realidad, la que nunca se modificará; ¿para qué haríamos otra cosa? Mira lo que a ti te sucedió”, me dijeron tantos…

De nada sirve recordar aquel tiempo en el que a más de uno dije que si me hubiesen acompañado, el daño no hubiese sido letal. Menos aún castigarme más aún por mi reverenda idiotez, falta de “visión” estratégica, idealismo sesentista…

El año pasado, leyendo “La mujer justa” de Sandor Marai, de pronto, lo comprendí todo. “Me marcho porque estoy de más”, respondió cuando, al final de la guerra, Judith le preguntó “Pero… ¿qué pasará con usted?”

Aquí estoy de más. Poco importa si fui yo quién, de tan idealista, pequé de estúpida, o si fueron más sabios los que me dejaron sola en el campo de batalla. Lo único cierto es que el poder es devastador contra sus enemigos, y que el poder busca a sus enemigos debajo de todas las piedras, les declara la guerra, y, obviamente, actúa sin piedad.

De modo que regresar a la realidad de este sitio del mundo, me cuesta. Y me cuesta mucho. Desde que el avión que me trajo de EUA tocó pista en el aeropuerto de Carrasco, ando a los tumbos. Voy a trabajar, cumplo con mi trabajo tan bien como si realmente me sintiera a gusto con él, como si no supiese que en cualquier momento, el arquitecto y sus poderosos amigos, no me darán otro golpe certero, y quizás mortal, como si no sintiese miedo, un miedo atroz, cada vez que suena el teléfono, que me llega una carta, que veo un número desconocido en la pantalla de mi celular.

Entre el terror y la rutina, dedicándome más a lo urgente que a lo importante, han transcurrido estas casi dos semanas en Montevideo. Duermo más de la cuenta, escapándome, tal vez con el deseo que las horas alejadas de la vigilia, me lleven a un mundo mejor, en el que haya un sitio para una soñadora derrotada.

Antes bromeaba con que en mi nacimiento hubo graves errores de cálculo. O fue en el sitio equivocado, o se produjo en un tiempo erróneo. Más de una vez tejí historias hipotéticas. Si mis abuelos no hubiesen subido a aquél barco en El Ferrol…

Busco mi lugar en el mundo. Quizás no lo encuentre jamás. Tal vez muera aquí, a orillas de este río tan ancho como mar, al que suelo ir de tarde en tarde, para encontrar respuestas, o para, simplemente, imaginar, que otra sociedad es posible…