sábado, abril 15, 2006

Tres canciones de amor



Venecia sin ti

Nunca fue a Paris, pero cada vez que escucha a Aznavour cantar La Bohème, le parece estar caminando por las callecitas de Montmartre de la mano de aquella muchacha que conoció cuando aún no había cumplido los treinta, no tenía ni una cana en su cabello, y creía que el amor se encontraba a la vuelta de cada esquina. A veces, la recuerda envuelta en una pequeña toalla, de pie frente al espejo, demorándose en elegir una blusa solamente para que él la deseara más aún y le pareciera una eternidad el tiempo que faltaba para el siguiente abrazo. Hay tardes en que la memoria se la regala desnuda, temblando de placer entre sus brazos cuando él apenas le rozaba la piel. Cada tanto, se acuerda de una tarde de verano y de la lluvia que los sorprendió a la salida del cine. Repasa la escena con lujo de detalles, quitándole despacio la ropa mojada y beso a beso secando cada uno de los poros de su espalda, aprendiendo siempre un nuevo rincón de su geografía. Otras veces, el pasado logra encontrar la salida de los laberintos en los que suele esconderse. Entonces, puede oler su perfume, ver el color de sus sandalias, contar los botones de su vestido y pintar el estampado del pañuelo que lucía en la cabeza y que tan bien le sentaba. Casi nunca bebe alcohol. Sin embargo, una vez al mes, en noches de luna llena, se sienta frente a una silla vacía en la vieja cafetería junto a la playa, pide un cognac y las horas se le escurren mirando el mar. Luego, tarareando Venecia sin ti, regresa caminando a su casa, demorando el encuentro con la mujer con quién está casado desde hace tantos años que ya ni se acuerda, la madre de sus hijos que ya son hombres, por quiénes eligió perder la única oportunidad de hacer realidad sus sueños, conocer Paris de la mano de la muchacha que jamás dejó de amar.

Zíngara

Tenía los más bellos diecinueve años del pueblo. Todos la querían como novia, pero ella se enamoró del ingeniero agrónomo recién llegado de la ciudad la primera vez que lo vio. Durante un año entero lo deseó a escondidas, abrazándose a la almohada cada noche, rogando cada amanecer que el no faltara a trabajar ni la privara de su mágica presencia, estrenando un vestido por mes y ensayando el maquillaje una hora cada mañana frente al espejo. Una tarde de calor, mientras ella aún estaba en la oficina terminando la redacción de una carta, el la invitó con un refresco que nunca tomaron pues antes de llegar a la confitería se besaron por primera vez. Con él tocó el cielo con las manos, conoció el arte de entregarse al amor del derecho y del revés sin prejuicios ni recetas, sintió las mariposas en la barriga al verlo pasar por la puerta de su oficina, aprendió la insoportable espera de las ocho horas de trabajo para estar con él a solas, sufrió la eternidad de cada fin de semana que él viajaba a la capital. Los años transcurrieron, y todas sus amigas, una a una, se fueron casando. Cuando había pasado tanto tiempo que comenzaron a casarse los hijos de sus amigas, él dejó su trabajo en el pueblo. Un mes después, ella renunció a la oficina, alquiló un apartamento en la capital, y sin importarle mucho el qué dirán, consiguió un nuevo empleo. Desde entonces, regresa al pueblo todos los fines de semana y visita a sus padres y a los nietos de sus amigas. Cada tanto, algún antiguo pretendiente, ahora divorciado, vuelve a pedirla en matrimonio. Ella rechaza cortésmente la propuesta, intentando no herir los sentimientos del caballero en cuestión, y sonriendo se sube al coche que la acercará a la capital. En la ruta, solamente piensa que el día siguiente será lunes, y estará, nuevamente, en los brazos del hombre amado. A veces, su mirada se detiene en sus manos que jamás lucieron anillo de compromiso. Otras, en las líneas de sus manos, las que leyó la vieja gitana, las que decían que en su destino había un gran amor, pero que el precio del mismo sería demasiado alto. Intenta no pensar en eso. Sacude la cabeza, espantando los recuerdos. Al menos, desde que no vive en el pueblo no tiene que preocuparse de lo que dirán las vecinas de su madre, se consuela. Sabe que siempre hablarán, pero ya no la ven llorar cada viernes, al derrumbarse el mundo entero, cuando el hombre que ama se despide hasta el lunes, robándole los fines de semana que entrega a su esposa, hijos y nietos.

Penélope

Es tan buen mozo que parece mentira que sea verdad un rostro así de dulce, una mirada tan brillante y una boca que invita al beso al apenas abrirse. A pesar de sus cuarenta y dos años, al verlo caminar, dan ganas de agarrarle los glúteos (uno con cada mano), solamente para que se de vuelta y mire con esos ojos claros capaces de enamorar a toda mujer que tenga el privilegio de cruzárselo en algún sitio de este mundo. Es sexy, buen mozo, encantador, generoso e inteligente. Una especie en extinción en la fauna masculina. Sin duda alguna ha sido creado por la mano de Dios. Se casó hace diez años, después que una novia lo dejó por otro, convencido que la desalmada era su alma gemela y que, por lo tanto, sus chances de volver a enamorarse habían quedado reducidas a cero. Se acostumbró a dormir de su lado en la cama, sin traspasar ni un solo milímetro la mitad de su esposa. Ella lo rechaza desde hace siglos, después de nacer la hija de ambos, la niña de sus ojos. Y el se siente indigno de mendigar caricias. El trabajo fue la mejor terapia para no pensar en lo que le hacía falta. Hasta que hace unos meses, volvió a encontrarse con la novia infiel, y en un segundo su casa de naipes se desmoronó, dejando al descubierto el amor que nunca dejó de sentir. Bastó una sonrisa de ella para que él se derritiera en pleno invierno. En las veinte horas que transcurrieron entre la primera cita y la segunda, se planteó, por primera vez, el divorcio. En una noche de insomnio organizó la división de bienes, las visitas a su hija e, incluso, se preparó para los celos y el despecho de la esposa abandonada. A los diez minutos de la segunda cena, cuando estaba a punto de confesarle los detalles de sus planes, la desalmada le dijo que debía desembarazarse de su novio, el mismo por el que lo había dejado más de una década atrás. A pesar de no querer verla nunca más, sigue creyendo que es su alma gemela. La sonrisa que enamoró a tantas mujeres se esfumó de su rostro. Le cuesta dormir y ya no encuentra consuelo en su trabajo ni en su hija. Pasa las horas mirando televisión con la mirada perdida en la nada. Se prometió, esta vez sí, arrancar de raíz el amor que le entristece la vida. Cree que será tan fácil como quitarse una espina. Pero ya no puede escuchar a Serrat con cuya música solía acompañar el trayecto de su casa a la oficina. Y cada vez que en la radio comienzan a sonar los acordes de Penélope, cambia de emisora.