viernes, junio 15, 2007

La condición humana: reflexiones en una gélida tarde de otoño



Desde hace mucho, un asunto da vueltas en mi cabeza (tanto tiempo que confesarlo casi me recuerda los años que hace que llegué a este planeta que alguien dio en llamar Tierra). A veces, el asunto, agotado del continuo movimiento, se retira a los aposentos del olvido. Entonces, yo también descanso. Sin embargo, es tan terco y empecinado, que luego de alejarse por períodos imposibles de ser previstos, vuelve al ataque con una fuerza aún mayor que la que ejercía antes del distanciamiento. Cuando regresa, no hay táctica ni estrategia que surja efecto. Su energía es descomunal, resistiéndose a todo intento de echarlo de mi mente. He probado de todo. Y cuando menciono esta última palabra me refiero a la exacta acepción del vocablo. Es decir, no ahorro ningún mecanismo para espantarlo. Leo, corro cincuenta vueltas alrededor del Estadio Centenario, voy a la peluquería, me encierro en un cine, me acuesto a dormir, me bebo una botella entera de vino tannat, escapo al supermercado, visito enfermos en el hospital, hablo por teléfono con mi suegra y planto tomates en las macetas de la terraza. He llegado al extremo de mirar Gran Hermano, hojear revistas de chismes del jet set argentino, cocinar tallarines caseros para todo el edificio y, devorarme Hola para enterarme de la vida de la realeza europea. Mi éxito es nulo. Mejor dicho, porque mentir no es lo mío, alcanza cifras negativas. Parece ser que, en realidad, intentar evadirme, escapándome del asunto, consigue el efecto contrario, pues los cuestionamientos pasan a ser mayores. Entonces, me vence, y no tengo otro remedio de dejarlo hacer. Así es como el tipo logra ganarme una batalla más, y no me queda otra opción que permitirle seguir dando vueltas en esta cabeza, cada día menos cuerda.


Me refiero, nada más y nada menos, que a la condición humana. Sí, el tema tan viejo como el hombre (y la mujer), es el culpable de mis mayores desvelos, dejando en lugares insignificantes del rating a la maldita economía, la maladie d´amour, el miedo a la muerte, la crisis vocacional de mi hijo y los problemas de convivencia con mi hija de veinticinco años. Eso se debe a que en cada vez que me enfrento a esos otros temas aparentemente cotidianos, el descortés asunto aprovecha la oportunidad para filtrarse, ubicándose siempre en primer lugar. Es que con el paso de los años (décadas) he comprobado que aún los más diminutos o mínimos problemas domésticos, no son otra cosa que la misma existencia humana encubierta de caños que se rompen un sábado de noche, de azucarero vacío a las nueve de la mañana del domingo, de agujero en las únicas medias negras que tenemos para ir a un casamiento, de árbol que se cae sobre el coche estacionado en la acera durante los diez minutos en que lo dejamos para sacar dinero de un cajero. Ni qué decir, claro, cuando se camufla de dinero que no alcanza, de hombre al que dejo de amar o que me abandona, de hijos que no saben qué diablos hacer con sus vidas, del trabajo en el estudio que no me satisface, de familiares y amigos que abandonan el mundo de los vivos.


En cada uno de esos asuntos, está EL asunto por excelencia: la condición humana, pues, en la manera como los observamos, los enfrentamos, los sufrimos, los celebramos, los eludimos, los discutimos, los conversamos, los ignoramos o los resolvemos, se encuentra íntima e indisolublemente ligada a ella. A quiénes somos, a quiénes nos dijeron deberíamos ser, a quiénes creemos tendríamos que ser, a quiénes los demás promueven que seamos, a quiénes quisiéramos ser, a quiénes son los otros, esos que consideramos espejos e incluso los que hacen lo imposible (usando todo su poder) para que solamente tengamos ojos para vernos en sus espejos.


Cada vez que me sucede algo, mínimo o mayúsculo, termino cayendo, inevitablemente, en la condición humana, es decir, el asunto que siempre está en mi cabeza. Dando vueltas incansablemente, o en un estado de reposo similar al del guerrero: esperando librar su siguiente batalla. Su accionar es la guerra de guerrillas, no tengo duda alguna. Me hostiga en mi propio territorio, de forma rápida y sorpresiva.


Pondré un ejemplo. Este viernes de junio, en Montevideo hace un frío de locos. Esta ola gélida se nos ha instalado desde hace un par de semanas, algo inusual dado que aún estamos en otoño. Los termómetros marcan cinco grados pero la sensación térmica es de un grado bajo cero pues el viento sur sopla implacable. A pesar que no solemos sufrir estas temperaturas tan tempranamente, en pocos días llegará el invierno y con él, bien es sabido, el frío. Somos un país pobre, por lo que la inmensa mayoría de las casas y apartamentos no tienen calefacción. En realidad, se puede afirmar que, salvo algunas excepciones, la gente que puede calefaccionar sus viviendas (porque, claro, aquí los índices de miseria e indigencia no cambian con los gobiernos), lo hace con estufas de super gas, o paneles eléctricos. Sin embargo, la energía eléctrica es muy cara pues, cuanto mayor es el consumo, más caro es el costo del kwh (los primeros 100 kwh cuestan tanto, pero a partir de allí se paga un 50 % mas). Todos sabemos que 100 kWh no es nada si encendemos una estufa. Además, claro, nunca sabemos cuanto pagaremos hasta que nos llega la cuenta al mes siguiente. Por eso, el supergas es el combustible preferido para cocinas y estufas. Por otro lado, la gente, a lo sumo, tiene una garrafa de trece quilos de reserva. No más. Nunca ha habido problemas de abastecimiento. Nunca. Nunca. Hasta ahora. Resulta que el lunes pasado nos enteramos que a nuestro gobierno se le dio por hacer el mantenimiento de la refinería ahora. Sí, ahora, a un paso del invierno. Dicen que en verano no pueden porque no se puede dejar sin combustible a los coches de los turistas. Buena elección la del gobierno: dejar a los ciudadanos que pagamos nuestros impuestos sin super gas para nuestras estufas. Dicen que compraron super gas refinado a Argentina. Pero los barcos no llegan. Nadie sabe la razón. Pero no llegan. El gobierno declara que todo está bien, pero es mentira porque los distribuidores ni siquiera toman los pedidos pues no les entregan el combustible.


En lo personal, me quedé sin super gas para calefacción desde hace dos días, no pudiendo usar la garrafa de la cocina pues entonces tendría que comer ensaladitas a la maravillosa temperatura ambiente de cinco grados. Los informativos nada dicen. La gente, tampoco. Pero el frío lo estamos sufriendo todos, y ni el enojo ni la indignación logran elevar la temperatura ambiente. Escribo abrigada como para salir a la calle. Todavía no me he puesto guantes, aunque en cualquier momento lo haré: los dedos se me congelan sin prisa pero sin pausa.


Frente a este cotidiano tema, el gran asunto surge. La condición humana.


¿Por qué la gente no protesta, no manifiesta frente a la casa de gobierno o al parlamento, no se hace oír, no satura de llamadas a los medios de prensa? Yo sí lo he hecho, pero los titulares de las páginas Web de los periódicos de Uruguay (El País, El Observador, Últimas Noticias y La República), no cambian: ni media palabra aparece acerca de la desinteligencia del gobierno en realizar el mantenimiento de la refinería a un paso del invierno. Tampoco aparece una línea al respecto en las páginas de los canales de televisión ni en las de las radios.


¿Por qué me enojo y me indigno, mientras que los demás se callan o, peor aún, intentan callarme o no me oyen?


Mis cercanos me aconsejan resignarme porque el tema no está dentro de mi alcance. No serás tu quién cambie las cosas, me dicen. Nada que hagas modificará la realidad, continúan. ¿Llegarán los barcos si protestas? ¿Finalizarán el mantenimiento de la refinería porque tú y tres gatos locos más envíen e-mails a los diarios o llamen a las radios?. Vamos, mujer, o eres inocente o eres tonta. Mejor haz como si no existiese el problema, me recomiendan. ¿Tienes frío? Pues tápate con la capa de tu tío, parece ser la moraleja. O, mal de muchos consuelo de tontos, el refrán aplicable.


Pienso también que hay gente que siempre sufre el frío, no como yo que me hielo solamente estos días porque no hay supergas. Entonces ¿debería dejar de indignarme el tema porque hay quiénes estén peor que yo? ¿Compararme es la actitud se espera de mi o la que se me aconseja? Si así fuese ¿quién determinó que debo compararme para abajo y no para arriba? Porque, claro, bien podría pensar que hay otros que tampoco se han enterado del abastecimiento de supergas pues viven en casas con calefacción central. Perdón, ya entendí, el ser humano debe pensar en los que nada tienen y jamás en los que lo tienen todo. De esa manera, siempre nos sentiremos privilegiados. Faltaba más. Qué mala alumna he sido, si es evidente la lección que nunca quise aprender.

El asunto no se da por vencido. Da vueltas y más vueltas en mi cabeza. Los demás, se conforman, se resignan, aceptan la realidad tal cual es. Parecen ser maestros tibetanos o sacerdotes al pronunciar esa frasecita que reza desde posters y postales que se venden en los centros comerciales o en locales donde abundan libros de auto-ayuda, velas perfumadas para meditar, inciensos para concentrarse, “Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que yo no puedo cambiar, la valentía para cambiar aquellas cosas que puedo, y la Sabiduría para reconocer la diferencia”. Me pregunto, Reinhold Neihbur, quién al parecer escribió esto en 1926, ¿estaba tan convencido de ello?.


No sé como “debo ser”. No sé a qué debo aspirar. Lo que sí sé es que me rebelo frente a la sola posibilidad que mi meta deba ser aprender a conformarme con alcanzar la serenidad para aceptar lo que no está en mis manos modificar. Porque, ¿qué es lo que realmente no podemos cambiar? ¿Quién decide lo que es inmodificable? ¿Quién se considera con la capacidad de discernir entre lo que hay que aceptar y lo que no? Más aún, los que me piden resignación y aceptación son personas que frente a TODO se resignan. Se encogen de hombros frente a la mala praxis médica, a un matrimonio sin amor, a hijos que regresan a cualquier hora o idiotizados con la televisión, a gobiernos que nos roban, a políticos que nos estafan, a patrones que nos explotan.

Primera gran pregunta ¿Está en la condición humana el resignarse? Es decir, ¿soy un bicho raro o lo son los demás?

Y a partir de allí surgen todas las demás. ¿Está en la condición humana luchar para modificar el orden de las cosas, las injusticias, los sometimientos a los que se es objeto? ¿Está en la condición humana soñar con un mundo mejor e intentar cambiarlo? ¿Es la rebeldía parte de la condición humana o solamente pertenece a la adolescencia?

Los demás, aconsejan no volar alto, porque soñar demasiado es peligroso. Sueñen poco, repiten los conformistas de siempre a los rebeldes sin cura.

Me tortura la cabeza. No deja de dar vueltas. ¿Es la religión la que nos lava la mente generación tras generación queriéndonos convencernos que pariremos con dolor, pagaremos con sangre cada veintiocho días y ganaremos el pan con el sudor de nuestra frente? ¿Por qué parir con dolor? ¿Por qué ganar el pan con el sudor de nuestra frente? Si podemos exigir a los médicos no sufrir al dar a luz, ¿no podemos pedir a los gobiernos que el pan lo ganemos de otra manera que no sea sudando? ¿no podemos exigir al gobierno que, al menos nos baje la tarifa de energía eléctrica si no nos puede abastecer de super gas? ¿Dónde están los senadores y diputadores que voté en las elecciones? ¿No van a defender mis derechos ciudadanos? ¿Por qué tengo que helarme o pagar cifras siderales de energía eléctrica si el error fue de los gobernantes? Los gobernantes hacen oídos sordos. Mis amigos también. O, me oyen pero me tratan de rebelde (loca, desquiciada y algo más; suerte que son mis amigos ¿no?).

Los humanos, hemos quedado presos de mandatos bíblicos, y a quién quiera escaparse de esas celdas, todo el rigor de los cánones caerán sobre él. O somos ovejitas del gran rebaño de un dios que no puede ser tan malo, o a rezar cien Ave Marías y cuarenta Padre Nuestros. Si nos apartamos de la resignación, o de aceptar el mundo tal cual es, pagamos con el aislamiento. No el divino, sino que el de los demás humanos (incluyendo, como dije, a quiénes se supone que nos quieren). Que nos juzgan por ser inconformistas, rebeldes, querellantes, inmaduros. Peor aún, tratan de hacernos creer que ir en contra de lo inmodificable nos hará daño, es decir, que seremos infelices. Nos condenan al sufrimiento por querer cambiar el desorden establecido o protestar contra desinteligencias o injusticias. Si queres ser feliz, no analices se dice por estos lares. ¿Cuántas veces alguien que dice querernos nos aconseja no pensar en los asuntos que nos lastiman? (Pensá en otra cosa, y vas a ver como se te pasa el enojo o el dolor)

La religión nos marca un camino, seamos creyentes o no. Porque esta sociedad judeo cristiana tiene la maravillosa virtud de llenar de culpas a quién se aparta de la senda trazada. Si no es la religión, son los gobiernos, que dan palo a los que se rebelan del (des) orden establecido. Si no es la religión ni el gobierno, son los demás humanos, nuestros pares: parejas, amigos, familiares, vecinos, colegas, compañeros de trabajo.

El asunto sigue dando vueltas en mi cabeza. No hay manera de detenerlo.

¿En qué se diferencia esta sociedad del siglo XXI de aquélla que dio origen a la tragedia griega?

No podemos apartarnos de nuestro destino, y a quién tenga la osadía de intentarlo, la ira de los dioses le caerá encima. Recordemos a Casandra quién vaticinó la desgraciada guerra de Troya, pero que fue tratada como loca porque no correspondió el amor de Apolo. La pobre se pasó anunciando lo que se vendría y nadie le prestó atención porque sobre ella se partió el rayo de la maldición del dios herido. Tenía razón más de nada sirvió.

¿Quién marca hoy el destino del que no podemos apartarnos? ¿La sociedad? ¿El gobierno? ¿Los medios de comunicación? ¿La religión?

El asunto no quiere descansar y sigue dando vueltas en mi cabeza. Por enésima vez me pregunto lo mismo. Y, como siempre, no tengo respuesta.

La realidad, como una plancha de hormigón se me cae encima. Estoy helada. El super gas sigue sin existir en Uruguay y la temperatura desciende a ritmo vertiginoso a medida que se acerca la noche. Nadie hace nada, excepto algún que otro loco como yo, que desatamos la ira de los dioses, o de nuestros pares, quiénes siguen tratándonos de enfermos psiquiátricos sin cura por no aceptar con resignación un mundo inmodificable. Por resistirnos al destino, por desatar la ira de los dioses, los demás (la mayoría) nos castigan con el aislamiento.

Sin duda, la resignación no es lo mío, porque ni siquiera me consuela que la mayoría de los dueños de la verdad y de determinar hasta dónde está permitido soñar (mis pares, esos humanos tan comunes y corrientes como yo), esta noche, tampoco podrán encender sus estufas o cocinar un buen puchero.